viernes, septiembre 06, 2013

La mataron porque sabía algo de gente pesada

A 32 años del crimen de su hija, la madre de Silvia Cicconi, asesinada en agosto del 81, recordó ante El Atlántico lo ocurrido en uno de los crímenes más controvertidos en la historia de Mar del Plata, insistió en la inocencia del “Pacha” Pérez y sostuvo que ella sabe quién es el asesino
Adela Constantitini de Cicconi le costó mucho creer que Mangeri fuera culpable. Su experiencia la hizo dudar. Desde que se enteró del crimen de Ángeles Rawson perdió el sueño. Y más durante la última semana: el 27 de agosto se cumplió un nuevo aniversario del crimen de su hija Silvia Cicconi. 32 años después, aún lleva en sus ojos el dolor de la muerte.
El crimen de Silvia Cicconi, ocurrido la madrugada del 27 de agosto 1981, es, quizás, uno de los hechos de la historia criminal de Mar del Plata más controvertidos. No sólo por la brutalidad: Silvia fue hallada en su cama con 32 puñaladas. La condena a prisión perpetua a Fernando Saturnino “El Pacha” Pérez, un linyera que por entonces tenía 48 años, lejos de cerrar el caso abrió interrogantes. La familia Cicconi nunca creyó la versión de la justicia. Siempre supieron que condenaban a un inocente.
Nunca creímos que fuera el Pacha –dice Adela con la serenidad que relata lo que le tocó vivir. Ya no tiene esperanza de justicia, pero si certeza de que todo el que “actuó mal” en la causa de Silvia morirá sabiendo lo que hizo. 32 años después, Adela se aferra al amor de su hija Daniela y dice: “Gracias a ella sigo viviendo”.
–¿Qué pasó aquella noche?
–Esa noche hubo cosas raras. Mi suegra siempre se quedaba en mi casa cuando yo salía, no la dejábamos nunca a Silvia sola. Esa noche yo no pensaba salir, pero como estábamos festejando un cumpleaños me insistieron. Ana María, la hermana de Pablo Mazzei (NdR: por entonces novio de Silvia), como sus padres habían viajado a Buenos Aires, se quedaba a dormir en casa. Ella me dijo “si vos no venís al café, yo no voy”. Hacía diez días que habíamos abierto el café. Entonces le dije que vayamos un ratito. Eso hicimos. Ni siquiera le avisé a Silvia que me iba. Ella estaba dormida, entré a la habitación la vi dormida, la tapé, apagué todas las luces. Cerré todo. Y ahí, yo creo, que encerré a alguien adentro.
–¿Al asesino?
–Por lo menos a uno. La ventana del lavadero, por donde después dijeron que entró el Pacha, se abría para afuera. La encontramos rota de adentro para afuera. No la podían haber abierto desde afuera para entrar. La falleba había quedado dura, porque la habíamos pintado. Se ve que no la pudieron abrir. Y por eso la rompieron. Yo siempre pensé que dejé a alguien encerrado cuando me fui para el café. Por lo menos una persona, porque, otra cosa que pienso es que ahí no actuó uno solo.
–Entonces, salen para el café y ¿qué pasa cuando vuelven?
–Nos quedamos un ratito. Rubén (NdR: padre de Silvia) nos lleva a casa a mí y a Ana María. Nos deja en la puerta. Cuando entro al pasillo, veo la cortina de la ventana del lavadero que flameaba para el lado de afuera. Ahí me asusté, pensé que habían entrado ladrones. Cuando entro a la habitación empecé a los gritos. Rubén se había ido, pero llegó a la esquina y volvió, marcha atrás en el auto, para ver si habíamos entrado bien. Entonces escuchó mis gritos. Cuando entró se encontró con lo que había pasado y le dije que llamara a mi hermano, que es médico. Lo llamamos a él y a la policía. No hicimos más que llamar que enseguida la policía llegó a casa. ¿Cómo fue posible que en dos segundos la policía estuviera en casa? Esa es otra de las preguntas que me hago.
–¿Faltaba algo?
–Estaban revueltos solo los libros de Silvia. Estaban todos tirados en el piso. Y las carteritas de ella dadas vueltas. También las cajitas de música. Estaba todo eso dado vuelta. Como si buscaran algo. Pero no faltó nada.
–¿Qué podían buscar?
–Después de mucho tiempo, un día hablando con mi suegra, ella recordó que alguien la llamaba a Silvia y le pedía algo, como que tenía que devolverle algo. Yo no puedo decir el nombre de la persona. Él entraba y salía de la comisaría. Incluso lo habían detenido con drogas.
–¿Cree que a Silvia la mataron por algún tema vinculado a la droga?
–Para mí sí. Silvia algo le encontró a ese chico. Anotaciones de personas bravas. Entonces, tenían que desaparecerla porque comprometía a todos. En casa no faltó nada. Había plata, alhajas, de todo. Pero no faltó nada. Los libros de ella estaban revueltos. Otra cosa, el Pacha qué necesitaba buscar en los libros de Silvia. Una persona que no sabía leer, qué buscaba. Esto se lo dije mil veces al juez y a la fiscal. Qué podía buscar entre los libros de Silvia, porque todo lo que estaba revuelto eran los libros y las carteras de ella. Buscaban algo. Silvia tenía algo anotado. Ella tenía algo que comprometía a alguien.
–¿Qué relación tenía Silvia con esta persona?
–Habían sido novios. Ella lo había dejado, supuestamente, por eso. A mí no me gustaba que ella saliera con ese chico, pero ella le tenía lástima. En un momento ella se ve que le encontró algo, y dijo “lo dejo, termino con él” y ahí empezamos con todos los problemas.
–¿Antes del crimen tuvieron alguna otra situación violenta con él?
–El día del cumpleaños de Silvia –ella cumplía el 1 de abril– vino a casa y le trajo una orquídea y un reloj Cartier. Silvia le dijo que no lo quería, que no le hacía falta. Él se fue muy enojado de casa. Al salir se lo cruzó a Pablo Mazzei –que ya estaba saliendo con Silvia– entonces, cuando este chico lo vio me dijo a mi: “ya me las vas a pagar”. Un tiempo después, tuvo una pelea en la puerta con Pablo Mazzei. Después, en junio, mi cuñada estaba en la puerta del Santa Cecilia esperando a sus hijas y la ve a Silvia salir y que estaba este chico esperándola. La agarró de un brazo y como que le quería pegar. Ahí él le dijo que quería que le devolviera el reloj. Silvia le dijo que se lo iba a llevar a la tarde. Silvia no contó nada, pero mi cuñada me avisó lo que había pasado. Yo le conté a Rubén, y le dije que hablara con Silvia. Ella primero le dijo que no pasaba nada, pero después le dijo que tenía que llevarle el reloj a este chico. Rubén la llevó. Silvia le tocó el timbre, él abrió, la agarró de un brazo y la metió para adentro. Entonces Rubén apareció y le dijo “esperá un poquito, que acá estoy yo”. Él no había visto que Rubén la había llevado. Cuando lo vio se puso loco. Rubén le dio el reloj y le dijo que no se acercara más a Silvia. Todas estas cosas pasaron unos meses antes de que mataran a Silvia. Después nunca más lo volvimos a ver.
–¿Ustedes denunciaron a esta persona?
–Un montón de veces. Además toda Mar del Plata lo apuntaba a él.
–Y qué pasó con la investigación.
– Desde la habitación de Silvia hasta 1 de Mayo había un camino de gotas de sangre, como que se hubieran cortado. Había un toldo en una tiendita, al lado de mi casa, con una marca de sangre como si hubieran pasado la mano. Le llevamos el toldo al juez. Nunca se investigó. Nunca. A mí me decían que yo no podía concebir que a mi hija la había matado un linyera. Al principio me investigaban a mí. Decían que yo había matado a mi hija. Porque como le había sacado el cuchillo y las huellas mías estaban en el cuchillo. La policía me interrogaba todo el tiempo. Me llevaban a videntes. Eso era todo para distraerme.


Fuente, Diario el Atlántico de Mar del Plata. 

miércoles, septiembre 26, 2012

El Asesinato de "El Griego"

El asesinato de “El Griego”


Dos empleados de Santiago Jacobo Pilaftsidis fueron sus matadores. El Atlántico reconstruye el homicidio del empresario que supo ver en el sur marplatense el progreso y la posibilidad. Traición y brutalidad en un caso que conmocionó a la ciudad
La noche siempre es más estrellada en las afueras de la ciudad. Quizás, eso pensaba luego de cada ocaso Santiago Jacobo Pilaftsidis, mientras se disponía a cerrar la proveeduría del autocamping “El Griego”. Quizás eso, también, pensaron los González la noche del 30 de octubre de 1981, mientras caminaban en busca de su jefe. Nadie puede asegurarlo. Los cierto, es que aquella fue la última vez que Pilaftsidis pudo ver el cielo.
Los González no eran hermanos, pero tenían el mismo apellido. También, los dos, habían nacido en los albores de la década del ’50. Uno, José Antonio, oriundo de Córdoba. El otro, Santos, de Entre Ríos. “El Cordobés” era de carácter irascible y siempre resolvía sus pleitos con una gresca. “El Opa”, apodo que se ganó por su labio leporino, era más bien callado, manso y un poco retraído. Juntos decidieron robar la administración del autocamping en el que trabajaban. Algunos dicen que fue “El Cordobés” el que instigó el atraco y que “El Opa” se dejó llevar. Sin embargo, fue Santos el que mató a Pilaftsidis. En una sala de la comisaría quinta de Mar del Plata, Santos “El Opa” González, de 31 años, lo dijo entre sollozos:
-Yo no lo quise matar… fue un accidente.
UN PIONERO
Santiago Jacobo Pilaftsidis llevaba en su sangre griega el espíritu de Homero. Nacido en Pireo, ciudad del sudeste de Grecia, puerto de la antigua Atenas, tuvo que emigrar hacia el nuevo mundo y con 15 años recaló en Buenos Aires. En 1954 fundó junto a uno socios su primer almacén. Pero el joven inmigrante fue víctima de una estafa que lo dejó en la calle. Esa no iba a ser la única vez que quienes gozaban de su confianza buscaran aventajarlo.
Sin nada, decidió volver a viajar. Esta vez, fue la Costa Atlántica del país que le dio acogida el destino. Otra vez, Pilaftsidis estaba de cara al mar, lejos de Egeo, pero con el objetivo de echar raíces en Mar del Plata.
Corría 1957 y, según se recuerda, el joven Pilaftsidis vendía fruta en un carro en Independencia y Juan B. Justo. Así arrancó la economía de un hombre que lograría convertirse en uno de los empresarios locales más reconocidos. Su visión de futuro fue la clave: cuando la ciudad parecía expandirse para el norte, Pilaftsidis decidió apostar al sur. Así abrió un supermercado en la zona de El Faro y, ya en 1967, invirtió en unas 18 hectáreas de tierra ubicadas a la vera del camino de cintura que une el corazón del puerto local con la ruta asfaltada que desemboca en Miramar. Allí se alzaría el autocamping “El Griego”, allí Pilaftsidis fue brutalmente asesinado a los 67 años.
LA TRAICIÓN
-Don Santiago, ¿está ahí?- “El Opa” golpeó la puesta de la proveeduría en busca de su jefe. Era de noche, ya no quedaba casi nadie en el autocamping. Pilaftsidis hacía unas semanas que dormía allí porque estaban en obra. Una serie de asadores nuevos mantenían en vilo al dueño del predio.
Pilaftsidis estaba por ir a acostarse cuando escuchó el llamado. Miró y al ver la figura inconfundible de Santos decidió abrir.
-¿Qué te pasó a esta hora?- le habrá dicho mientras lo dejaba pasar. La excusa era obvia, “El Opa” se había quedado sin provisiones y decidió pedirle una mano a su jefe.
Caminaron juntos entre las góndolas de mercadería hasta que Pilaftsidis escuchó un ruido extraño que venía de la Administración.
-¿Qué fue eso?- quizás preguntó mirándolo a Santos, intuyendo la respuesta. Lo cierto era que “El Cordobés” cumplía la otra parte del plan. Mientras “El Opa” distraía a don Santiago, su secuaz intentaba entrar en la Administración del complejo para apoderarse del dinero que allí había.
Pero las cosas no iban a salir según lo planeado. Pilaftsidis detectó los movimientos extraños en la Administración y amagó a ir hacia allí. Pero todo quedó en el intentó. El ruido seco del golpe en su cabeza fue lo último que escuchó antes de desvanecerse en medio de la proveeduría. A sus pies, “El Opa” lo observaba atónito, sin creer lo que había hecho, estaba asustado y en su mano sostenía por el pico la botella de gin con la que había golpeado a quien siempre le había dado una oportunidad.
Todo había salido mal. Lo que debería haber sido un simple robo tomó un rumbo inesperado. No había vuelta atrás. Pilaftsidis lo había reconocido. Había que deshacerse de él.
Qué se dijeron en ese momento los González nadie lo sabe. Lo que sí pudo probarse es que tomaron un adoquín de la vereda y volvieron junto al cuerpo desmayado del patrón para terminar con su vida.
GOLPE MORTAL
El cuerpo de Pilaftsidis fue hallado por un empleado alrededor de las 7.30 del sábado 31 de octubre. Tendido en medio de un charco de sangre la vida del comerciante de 67 años se había desvanecido.
A pocos metros de él, un adoquín de forma triangular, de aproximadamente dos kilos, desentonaba entre la mercadería de la proveeduría. El tejido hemático y el cabello pegado a la roca no dejaban dudas: era el arma mortal.
Personal de la seccional quinta de la Policía Bonaerense fue quien debió intervenir en el hecho por razones jurisdiccionales. Al ver la escena formularon la primera hipótesis: “homicidio en ocasión de robo”. También, en el momento, hallaron el arma homicida. La pesquisa se encaminaba a buen puerto, solo faltaba la mano criminal.
El diario El Atlántico, el 1 de noviembre de 1981, tituló a seis columnas “Comerciante se resistió a un asalto y fue asesinado”. Un día después, otra vez en tapa el título informaba que habían apresado a un hombre. “Detienen al brutal matador del Griego”, pero muchos sospechaban que aún el caso no estaba cerrado y, la sombra del caso Cicconi hacía temer que se convirtiera en otro de los homicidios del momento que quedaban sin resolver.
La temporada de verano 81-82 comenzaba a palpitarse en Mar del Plata. La dictadura militar aún permanecía en el poder: faltaban meses para la locura mesiánica de Malvinas. Fabricio era el intendente interventor de la ciudad y Gabriel Curuchet obtenía el oro panamericano en los 3 mil metros de persecución individual. El Prode, la esperanza de muchos ante a disparada de la economía, daba esa semana una boleta imposible: cinco empates y ocho locales; los únicos visitantes parecían ser los ovnis que según los titulares “invadían” el mundo.
AUSENCIAS
Mientras Carlos Reuteman anunciaba su retiro del automovilismo y Mirtha Legrand su llegada al teatro Colón de la ciudad con la obra “Rosas para una estrella”, el personal policial trabajaba en la escena del crimen para dar con el o los asesinos y la familia Pilaftsidis velaba los restos de Santiago en la sala ubicada en Luro al 4300.
Allí una gran cantidad de personas acompañaron el dolor de la numerosa familia griega compuesta por Erminda, esposa de Santigao; Carlos, Mario, Marta y Graciela, los hijos de ambos, y sus once nietos.
Rodeados de familiares y amigos, a todos le llamó la atención la ausencia de dos de los empleados más fieles que tenían en “El Griego”: Santos y “El Cordobés”.
Si uno recorre la historia que unía a los empleados con su jefe, definitivamente la ausencia era llamativa. Pilafsidis había contratado a los dos jóvenes dos años antes. Pero el patrón no tenía con ellos la misma relación que con otros empleados. Muy conforme con el trabajo que hicieron los González en la puesta a punto del flamante autocamping, Pilaftsidis les ofreció quedarse a cargo del mantenimiento del lugar. También les ofreció construirles una casa en el predio para resolver sus problemas de alojamiento. Todo resuelto. La relación, incluso, muchos la describirían como familiar. Los empleados de “El Griego” declararon entonces a la prensa que muchas veces se lo veía a don Santiago aconsejando a Santos, diciéndole que nunca equivocara el camino. En relación a “El Cordobés”, todos recordaban que tiempo antes del crimen, había decidido probar suerte y por eso dejó el autocamping para marchar con su esposa e hijos por otros rumbos.
-Acá siempre vas a tener a un amigo, volvé cuando quieras- le dijo Pilafsidis al despedirlo. Y así lo hizo “El Cordobés”, tres meses antes del asesinato volvió a pedir trabajo y su viejo jefe cumplió con su palabra:
-Mire don Santiago, las cosas no me fueron bien y estoy a la deriva con mi familia, venía a verlo por las dudas…
-José, cuando te fuiste te dije que aquí siempre tendrías un amigo. Traé a la familia y a trabajar. Ya perdiste demasiado tiempo.
Otra vez los González volvían a trabajar juntos en el autocamping.
Los gestos de generosidad de don Santiago hacia sus dos empleados no guardaban reparos. El martes anterior al crimen, Santiago Pilaftisidis le dijo a uno de sus hijos:
-¿Por qué no hacen arreglar ese televisor que nadie usa. Se lo quiero regalar a Santos. No sale nunca y se aburre de noche.
Por estas cosas llamaba la atención aquellas dos ausencias en el sepelio. Pero esta pista, en principio endeble para los investigadores se sumaba a una certeza: Carlos, uno de los hijos de la víctima, aseguraba que el matador tenía que ser un conocido de su padre.
-El viejo no le hubiera abierto la puerta a esa hora de la noche- dirá en una entrevista en exclusiva conEl Atlántico publicada el 3 de noviembre. También sospechaba que habían actuado al menos dos personas en el hecho. El cerco comenzaba a cerrarse sobre los González.
Ese mismo día, el diario hablada de que se había visto en Madrid a José López Rega. “El Brujo” pululaba por Europa prófugo de la Justicia desde que decidió exiliarse en España después del “Rodrigazo”. El creador de la Triple A gozaba de buena salud.
LA DETENCIÓN
El jueves 5 de noviembre los titulares de los matutinos anunciaban lo esperado: “Aclaran el asesinato del Griego: lo matan dos de sus empleados”. Sin embargo, en aquella tapa de El Atlántico otro titular conmovía a la sociedad a nivel nacional: “Mariquita Valenzuela fue internada: ¿Quiso suicidarse por amor?”.
En las páginas policiales, el caso de “El Griego” ganaba dos páginas.
Una hermosa foto familiar decora la nota en la que se daba por esclarecido el crimen. Allí se los ve a Santiago Pilaftsidis con su mujer, sus hijos y sus nietos. Allí se los ve a todos felices, sin sospechar lo que podría ocurrirles.
Según se rescata de las crónicas de la época, el miércoles 4 de noviembre de 1981 una comisión policial de la comisaría quinta llegó al autocamping “El Griego” en busca de los dos sospechosos. Eran cerca de las 7 de la mañana cuando José Antonio “El Cordobés” González y Santos “El Opa” González, ambos de 31 años, eran detenidos acusados de ser los asesinos de Santiago Jacobo Pilaftsidis.
Los dos detenidos fueron trasladados a la dependencia policial. Allí confesaron todo. “El Opa” fue quien se quebró primero y expresó que la muerte de Pilaftsidis había sido accidental.
Los dos quedaron apresaos bajo los cargos de “homicidio simple” ya que la Justicia entendió que no hubo premeditación en el asesinato.
Unas semanas antes del hecho fatal, los Santiago habían comenzado a trabajar duro en la ampliación del local del supermercado “El Griego” ubicado en la zona de El Faro. Aquel viernes, dejaron las herramientas antes de tiempo y se fueron al camping. Al llegar se cruzaron con Pilaftsidis que se extrañó por verlos tan temprano.
-Estamos agotados, don Santiago- se excusaron y continuaron hacia sus casas. Horas después, al caer el sol, terminaron con la vida del hombre que los había ayudado a sobrevivir.

miércoles, julio 18, 2012

Asesinato de Silvia Cicconi: El crimen perfecto

El brutal homicidio de la joven de 17 años conmocionó a Mar del Plata allá por agosto de 1981. La Justicia encarceló a un vagabundo alcohólico por el crimen. La sociedad nunca creyó que fuera el culpable. El Atlántico rememora la historia como en ningún otro lado
El sonido de las locomotoras ahogaba los gemidos de Fernando Saturnino Pérez. Tirado sobre un pequeño colchón de goma espuma, en el piso de una casa tomada en el barrio de la Estación, “El Pacha”, oteaba el aire tratando de superar la insuficiencia pulmonar que lo acechaba. La mano de un vecino lo ayudará a llegar al Hospital Interzonal General de Agudos. Allí a las 9.05 morirá aquejado por el dolor y la soledad. Era el 6 de marzo de 2000, con la muerte de El Pacha –a los 67 años- se consumaba el crimen perfecto.
La obsesión de muchos de los escritores del género policial gira en torno a la posibilidad de construir un crimen perfecto. Hay quienes niegan la posibilidad de su existencia, pero otros insisten en decir que el crimen perfecto es aquel en el que se condena como responsable a un inocente. Así, toda investigación se cierra, la idea de justicia se consuma y el verdadero autor material queda impune. Quizás esta sea la sensación que le quedó a los marplatenses en relación al desenlace del sangriento asesinato de Silvia Angélica Cicconi, perpetrado durante la madrugada del jueves 27 de agosto de 1981.
LAS ÚLTIMAS HORAS
Todo en la vida de “Silvita” se predisponía para un futuro próspero y feliz. En abril había cumplido 17 años, pero su responsabilidad y madurez ante la vida la mostraban como una joven mayor. Quizás eso haya sido fundamental a la hora de formar pareja con Pablo Mazzei, ocho años mayor que ella. Se habían conocido en el restaurante “Nueva Italia”, ubicado en Luro 5164, propiedad de los padres de Silvia, donde ella trabajaba como adicionista. Pablo era un cliente frecuente y, a pesar de la diferencia de edad, supieron congeniar. La pareja prometía estabilidad y por eso, el padre de Silvia, Rubén Cicconi decidió darle una mano a su futuro yerno en la apertura del café “Medieval”.
El miércoles 26 por la tarde, Silvita se encontró con su novio y juntos fueron al café. Pablo atendía el negocio mientras ella realizaba la tarea de Inglés. Horas después tenía que partir a sus clases particulares de idioma. Esa fue la última vez que los jóvenes compartieron tiempo como pareja.
A las 20, Silvia salió del “Medieval”, ubicado en Salta entre Moreno y Bolívar. En la esquina tomó un taxi camino al instituto. Mazzei la miró partir y volvió a su trabajo. Terminó su clase alrededor de las 21.15 y se dirigió al restaurante.
En el frente de la vivienda familiar estaba “Nueva Italia”. Allí, aquella noche, Rubén Cicconi y su esposa Adela Constantini compartían la cena con amigos. Entre ellos estaba Pablo y su hermana. También amigas de la chica. Festejaban un cumpleaños. Silvia llegó cerca de las 22. Se sentó a la mesa unos minutos, pidió dos empanadas y se disculpó por no poder quedarse compartiendo la cena.
-Perdón, pero tengo que madrugar para ir al colegio- dijo excusándose. Cursaba el quinto año, comercial, en la escuela Santa Cecilia. Saludó a todos y atravesó el salón para dirigirse a su casa por la entrada que, patio de por medio, comunicaba el comercio con la vivienda. Su padre contará después, que Silvia quería ver a “Minguito”, que compartía la mesa de “Polémica en el bar” con Jorge Porcel y otros cómicos del momento. El programa se emitía los miércoles por Canal 8, de Mar del Plata.
También, a la hora en que Silvia decidió irse, por Canal 10, dentro del horario de protección al menor, se emitía un nuevo capítulo de la serie estadounidense “Sheriff Lobo”. En el restaurante, los Cicconi seguían festejando. Por esos días, el presidente de facto Roberto Eduardo Viola diagramaba la continuidad de la dictadura, con la intención de que las urnas siguieran guardadas. Afuera, la noche mostraba un cielo diáfano, que anunciaba un clima agradable para el otro día.
LA PESADILLA
Los gritos de Adela Constantini de Cicconi anunciaban la tragedia. Su marido corrió para ver qué sucedía. Guiado por el sollozo intenso, atravesó la casa y llegó al cuarto de Silvia. Allí, sus ojos no podían creer lo que estaban observando: Silvia Angélica Cicconi, de 17 años, su hija, yacía ensangrentada sobre la cama de una plaza. Adela, desesperada, extraía una cuchilla aún clavada en el pecho de la joven y trataba de reanimarla. Fue inútil, además de las 32 puñaladas recibidas –tres de ellas, estocadas certeras en el corazón- la habían degollado. La cabeza estaba casi separada de su cuerpo. Faltaban pocos minutos para las 3 de la mañana del 27 de agosto de 1981.
Los festejos en el “Nueva Italia” se habían extendido bastante. Cerca de la media noche, Rubén Cicconi fue a la cocina del restaurante y juntó comida para los empleados del “Medieval”. Todas las noches llevaba las viandas para que cenara el personal. Adela y los demás decidieron quedarse festejando con la promesa de ir más tarde. Una hora después, Adela cerró las puertas y se dirigió a su casa a buscar un abrigo. El tapado estaba en el placard de la habitación de Silvia. Allí fue y encontró a su hija durmiendo profundamente. La mujer tomó el abrigo y después de chequear que todo estuviera cerrado se fue con los invitados a seguir con el brindis. Según Rubén Cicconi, Adela llegó al bar a la 1.30.
Rubén destapó un champagne cuando llegaron los invitados. Había que brindar. La inauguración reciente del bar en sociedad con su futuro yerno y el cumpleaños de una de las invitadas lo ameritaba. Pero, Adela estaba muy cansada y quería volver. A eso de las 2.30, la mujer se le acercó y le dijo:
-Negro, ¿por qué no me llevás a casa?
Rubén le pidió a Mazzei y a su hermana que lo acompañaran a llevar a Adela. La intención de Cicconi era dejar a su mujer y volver al “Medieval” para seguir la noche.
Mientras Adela bajaba del auto y abría la puerta de la casa, Rubén, Pablo Mazzei y su hermana aguardan que la mujer cerrara todo para irse. Pero los alaridos desesperados eran la prueba de que los festejos terminaban, para dar paso a la tragedia.
EL PEOR DE LOS FINALES
Lo que sucedió entre la 1.30 y las 2.50 de aquella madrugada trágica aún hoy está velado por el manto de la duda. Lo que sí se puede afirmar es que el o los asesinos de Silvia ingresaron a la casa sin violentar las aberturas.
Los resultados de la autopsia fueron contundentes: 32 puñaladas realizadas por un cuchillo de grandes dimensiones, efectuadas de arriba hacia abajo, por una mano diestra. Fuerza brutal del asesino quedó demostrada en las perforaciones simétricas a las heridas que quedaron marcadas en frazadas, sábanas y colchón de la cama de Silvia. También la autopsia confirmó lo más aberrante: Silvia había sido violada, mientras permanecía amordazada con un trapo que no pertenecía a la casa, y con sus manos amarradas en la espalda con un par de medias can-can.
El cuerpo de la chica fue entrado atravesado casi de forma perpendicular al colchón y sus pies rozaban el suelo. Cuando Adela la encontró, Silvia estaba en ropa interior y aún tenía el puñal clavado en su pecho.
Bajo las uñas de la víctima se hallaron restos de piel de su agresor y marcas en sus brazos; todas señales de que la Silvia intentó defenderse antes de ser sometida. Un moretón en el rostro permitió inferir que el agresor necesitó noquearla para someterla.
Rubén Cicconi reconoció de inmediato el arma homicida: era un cuchillo, de 22 centímetros de hoja, que se utilizaba frecuentemente en la cocina de su restaurante. Indudablemente el asesino recorrió las instalaciones y eligió del cajón de cubiertos de “Nueva Italia” el arma propicia para ultimar a Silvia.
Lo llamativo: 800.000 pesos en efectivo y un Rolex de oro quedaron en la casa. El asesino rompió el vidrio de la pequeña ventana de la cocinita ubicada en el fondo de la vivienda, a poco del cuarto de Silvia. Por allí salió y se dio a la fuga por los techos.
HIPÓTESIS DEL MÓVIL
El desconcierto de los investigadores era notable. Día tras día, se sucedían las hipótesis para tratar de explicar un crimen, que según las voces de los peritos “no tenía precedentes”.
El fuerte hermetismo entorno a la investigación implantado por el juez Bernardo René Fissore posibilitó que el periodismo se agarrara de los mínimos datos que filtraba la policía. La comisaría cuarta y la Brigada de Investigaciones apostaban a que pronto se resolvería el caso.
Así surgieron las hipótesis que señalaron al propio Rubén Cicconi como el responsable de la desgracia de su hija. De él se dijo que era prestamista, que regenteaba mujeres para prostituirlas y, también, que tenía vínculos con el mundo de la droga. Cicconi afrontó a la opinión pública y siempre dio su versión de los hechos. Para él, la muerte de Silvia fue un robo: “La torturaron para que dijera dónde estaba el dinero”, expresó Rubén en una entrevista con El Atlántico.
Pablo Mazzei, también dio su versión del móvil: “Presumo que (el asesino) es un joven que la solía cortejar y que en algún momento llegó a amenazarla para que saliera con él”, disparó ante los medios.
También se habló de la participación de un menor de edad. Esta hipótesis cobraba fuerza teniendo en cuenta el tamaño de la ventana utilizada para darse a la fuga. Incluso, se dijo que un taxista había identificado a los asesinos la misma noche del crimen, versión desmentida en poco tiempo. La posibilidad de que una mujer fuera parte del crimen, fue otro de los supuestos.
Pero las hipótesis se desvanecían en el aire ante la falta de resultados concretos en la investigación. El tiempo transcurría y Mar del Plata se sumía en una especie de psicosis amparada en la idea de que un “sádico asesino” andaba suelto por la ciudad. También se llamó al asesino prófugo como “hiena humana”, “hombre lobo”, “bestia” y “psicópata”. Adjetivos que¬ alimentaban el miedo colectivo.
El momento bisagra en este caso llegó 9 de septiembre de 1981. Gran parte de la sociedad argentina estaba expectante ante la inminente muerte del líder histórico del radicalismo Ricardo Balbín, cuando el capital Oscar Enrique Guerrero, máximo jefe de la Policía Bonaerense, dio su opinión sobre el tema:
-Para la policía aclarar el hecho es una cuestión de honor.
Las palabras no cayeron en saco roto. La investigación se intensificó y las razzias fueron numerosas en Mar del Plata, sobre todo entre vagabundos y cuida coches. Resultados: detenciones por doquier, pero ninguna vinculación directa con el caso.
Ante la falta de respuestas concretas, el crimen comenzó a mermar su presencia mediática. El 20 de septiembre del ´81, la noticia comenzó a desvanecerse ante la aparición de un nuevo caso: el hallazgo de un cadáver en una casa del barrio Punta Mogotes ganó la primera plana. “El chalecito está embrujado. Temor vecinal”, rezaba, por entonces, la tapa de El Atlántico.
Pero, el sino cambiaria a partir del 19 de febrero de 1982. Un vagabundo había sido detenido y exhibido públicamente como el asesino de Silvia. Así, el 20 de ese mes, el caso Cicconi volvía a las primeras planas de los diarios. Por entonces, Leopoldo Fortunato Galtieri era el nuevo mandatario de la Junta de Comandantes.
¿CHIVO EXPIATORIO?
Su parecido físico con Carlos Pachamé, jugador del histórico Estudiantes de Zubeldía, lo rebautizó para siempre como “El Pacha”. Así, también pasó a la historia criminal argentina luego de ser sindicado como el autor del crimen de Silvia Cicconi.
Fernando Saturnino Pérez era un changarín que en el ´81 solía parar en la estación ferroviaria, justo frente a la casa de los Cicconi. Allí, aguardaba la oportunidad de arriar alguna valija y, así, hacerse de propinas, que pronto las cambiaba por vino. Su afección al alcohol era conocida entre todos los que, como él, caminaban a la calle sin rumbo fijo.
Aquel febrero del ´82, El Pacha deambulaba por la zona de 9 de Julio y Chaco cuando personal de la comisaría cuarta lo detuvo. El oficial Valente y otro uniformado empujaron a Pérez a un Ford Falcon celeste. El auto arrancó y luego de 10 minutos de recorrer la ciudad, llegaron a la zona de 3 de Febrero y Champagnat.
Encapuchalo -ordenó Valente mientras descendía del auto. El mundo se oscureció para El Pacha. Desconcertado calculó que el auto se desplazó unos 30 minutos más. Después escuchó la apertura de una especie de tranquera. Allí lo bajaron.
Lo siguiente: desnudo sobre el asiento de un automóvil dentro de una especie de galpón, y el tormento. Con un cable atado a su muñeca, sus captores comenzaron a pasarle corriente eléctrica por el cuerpo, sobre todo en los genitales.
Me pusieron en la parrilla y me dieron máquina no sé cuantas horas -dirá Pérez años después, otra vez en libertad- Yo era un ciruja. No era nadie. En esas condiciones uno confiesa hasta el asesinato de Aramburu.
Cerca de las 3 de la mañana del 20 de febrero, El Pacha fue trasladado a la comisaría cuarta. La misma que hoy está marcada como centro clandestino de detención durante la dictadura. Esa que, por entonces alojaba detenidos desaparecidos por razones políticas.
Pérez ya sabía todo lo que tenía que decir. Él era el culpable de haber asesinado brutalmente a Silvia Cicconi, también de violarla.
– Acordate lo que tenés que decir cuando venga el juez– le dijo el comisario Franco.
Así, Fernando Saturnino “El Pacha” Pérez confesaba ser el asesino. De nada servirán sus reiteradas desmentidas y versiones. La Justicia nunca le creyó.
El 20 de febrero, El Pacha, ante la mirada de la policía y funcionarios judiciales, reconstruyó lo que supuestamente había hecho aquella noche fatídica. “Se lo vio escalar como un gato”, decían las crónicas de época sobre la supuesta destreza del imputado para subirse a los techos de la casa. También, en esa reconstrucción, el juez Fissore entendió que El Pacha había estado en ese lugar en otra oportunidad. Sus movimientos seguros y veloces para desplazarse por la vivienda lo inculpaban.
Pero esa reconstrucción para Pérez, sería lapidaria. Dicen que cuando ingresó al lugar donde supuestamente había asesinado a la joven, dijo: “Los muebles no estaban en esta posición”. Efectivamente, la familia Cicconi había movido los muebles como para fingir una normalidad aparente ante la ausencia de su hija.
El Pacha, también, nombró a sus supuestos cómplices. Rivero y Domínguez, dos vagabundos que solían acompañar a Pérez en su vida callejera. Incluso, en la reconstrucción habría dicho que él no mató a Silvia, que sólo había entrado para tomar vino. Sin embargo, a pesar de que uno de ellos paso unas horas preso, en nuevas declaraciones, El Pacha se desdecía y volvía a proponerse como único asesino.
En marzo de 1982 el juez Pedro Federico Hooft se haría cargo transitoriamente de la causa por una licencia del doctor Fissore. La defensa pidió nuevas pericias, e incluso Pérez volvió a decir que se había declarado culpable por temor a represalias policiales. Pero nada cambiaría su destino.
Amparados en contradicciones del vagabundo y algunas actitudes vistas en la reconstrucción del hecho, fue hallado culpable y condenado a prisión perpetua con reclusión por tiempo indeterminado. El juicio en el que había declarado hasta una vidente, había terminado. Era el 24 de mayo de 1984.
El abogado defensor, Antonio Raúl Cuence apelaría la sentencia a la Cámara, pero la condena quedaría firme. El representante legal de la familia Cicconi tampoco creyó que El Pacha fuera el culpable. Las dudas llegaban hasta los propios familiares de la víctima.
Después de 15 años en la cárcel de Batán, Pérez recuperó su libertad. La gestiones de un sacerdote para que el vagabundo volviera saliera de prisión fueron escuchadas y se le conmutó la pena. Así fue beneficiado con la libertad condicional. Su excelente conducta dentro del Penal fue un elemento determinante para tomar la decisión. En su periodo preso, El Pacha aprendió a leer y a escribir, además de abandonar, transitoriamente, el alcohol. Eran tiempos en los que Guillermo Coppola había dejado las páginas deportivas y sociales, para ocupar primeras planas policiales. Por entonces, la madre de Silvia confesó: “Estamos muy contentos de que El Pacha haya salido en libertad, porque es inocente”, dirá la mujer a los cronistas de la época.
Palabras semejantes se escucharán de la boca de Adela Constantini cuado se enteró de la muerte de quién purgó condena por matar a su hija. “Todo lo que sufrió, jamás lo mereció”, dirá en los albores del milenio, para después sentenciar que ella sabe quién mató a su hija.
Una vida truncada
Hay algo en el rostro de esa chica de 17 años que la hace mayor. Quizás sea su peinado, semejante al que utilizaba su madre. O su mirada enmarcada por las cejas mínimamente depiladas. Lo cierto es, que el rostro anguloso de Silvia Angélica Cocconi corona la tapa del diario El Atlántico del 28 de agosto de 1981. En ella luce una sonrisa tímida de niña, que disimula su felicidad por los proyectos venideros.
“Ella se quería casar”, dirá unos días después del asesinato, su novio Pablo Mazzei, varios años mayor que ella.
Silvia tenía puesta la cabeza en el futuro. Trabajaba y estudiaba.
El viaje de egresados es, quizás, uno de los momentos cumbres entre los adolescentes que logran concluir el secundario. Sin embargo, para Silvia no fue así: ella prefirió quedarse en la ciudad junto a su novio, mientras sus compañeras viajaban a Brasil.
Sus conocidos dirán de ella que era muy cercana a sus familiares y que una de sus alegrías fue conocer a su abuelo, que tres meses antes de su muerte llegó de Italia para ver por primera vez a su nieta.
La tragedia invadiría la vida familiar con la pérdida traumática de Silvia. El día de su sepelio, una multitud se hizo presente en la cochería Sampietro. Allí, en la sala C, se rezó el rosario para despedirla.
El rostro aporcelanado se asomaba entre la tela blanca que cubría su cuerpo lacerado.
“Quiero morirme para irme con ella”, abrazada al cajón que amortajaba a su hija, Adela Constantitni de Cicconi daba cuenta del dolor que aquejaría a la familia para siempre.

FUENTE: Diario El Atlantico de Mar del Plata

sábado, agosto 23, 2008

Murió una anciana tras un asalto en su casa

El fiscal que quedó a cargo de la causa, Marcos Pagella, dijo en la puerta de la casa de la víctima que se trató de un hecho de robo de ancianos como los que se ven "todos los días".

Una anciana de 88 años murió hoy tras ser golpeada por ladrones que entraron a robar a su casa de la ciudad de Mar del Plata, en la que también se hallaba su esposo, que sufrió algunos golpes pero se encuentra bien de salud.
El fiscal que quedó a cargo de la causa, Marcos Pagella, dijo en la puerta de la casa de la víctima que se trató de un hecho de robo de ancianos como los que se ven "todos los días".
Fuentes policiales informaron a Télam que el episodio se conoció a las 6.20 de esta mañana y que sucedió en una casa situada en Friuli 579, en una zona periférica de la ciudad balnearia.
Dos delincuentes ingresaron a robar y sorprendieron a los dueños de casa, Juana María Vich Ciamberdino, de 88 años, y su esposo, de 96.
Los asaltantes redujeron e inmovilizaron a la pareja en su habitación y golpearon en el rostro a la anciana con el fin de que les revelara dónde guardaba dinero y objetos de valor.
A raíz de episodio, la anciana murió, aunque se aguardaban los resultados de la autopsia para determinar si fue a consecuencia de los golpes o por una falla cardiaca producto de la tensión del momento.
Los delincuentes escaparon de la vivienda con 7.000 pesos, un revólver y una cuchilla de cabo de oro y plata, tras lo cual el esposo de la anciana llamó a la policía, detallaron los voceros policiales.