El sonido de las locomotoras ahogaba los gemidos de Fernando Saturnino Pérez. Tirado sobre un pequeño colchón de goma espuma, en el piso de una casa tomada en el barrio de la Estación, “El Pacha”, oteaba el aire tratando de superar la insuficiencia pulmonar que lo acechaba. La mano de un vecino lo ayudará a llegar al Hospital Interzonal General de Agudos. Allí a las 9.05 morirá aquejado por el dolor y la soledad. Era el 6 de marzo de 2000, con la muerte de El Pacha –a los 67 años- se consumaba el crimen perfecto.
La obsesión de muchos de los escritores del género policial gira en torno a la posibilidad de construir un crimen perfecto. Hay quienes niegan la posibilidad de su existencia, pero otros insisten en decir que el crimen perfecto es aquel en el que se condena como responsable a un inocente. Así, toda investigación se cierra, la idea de justicia se consuma y el verdadero autor material queda impune. Quizás esta sea la sensación que le quedó a los marplatenses en relación al desenlace del sangriento asesinato de Silvia Angélica Cicconi, perpetrado durante la madrugada del jueves 27 de agosto de 1981.
LAS ÚLTIMAS HORAS
Todo en la vida de “Silvita” se predisponía para un futuro próspero y feliz. En abril había cumplido 17 años, pero su responsabilidad y madurez ante la vida la mostraban como una joven mayor. Quizás eso haya sido fundamental a la hora de formar pareja con Pablo Mazzei, ocho años mayor que ella. Se habían conocido en el restaurante “Nueva Italia”, ubicado en Luro 5164, propiedad de los padres de Silvia, donde ella trabajaba como adicionista. Pablo era un cliente frecuente y, a pesar de la diferencia de edad, supieron congeniar. La pareja prometía estabilidad y por eso, el padre de Silvia, Rubén Cicconi decidió darle una mano a su futuro yerno en la apertura del café “Medieval”.
El miércoles 26 por la tarde, Silvita se encontró con su novio y juntos fueron al café. Pablo atendía el negocio mientras ella realizaba la tarea de Inglés. Horas después tenía que partir a sus clases particulares de idioma. Esa fue la última vez que los jóvenes compartieron tiempo como pareja.
A las 20, Silvia salió del “Medieval”, ubicado en Salta entre Moreno y Bolívar. En la esquina tomó un taxi camino al instituto. Mazzei la miró partir y volvió a su trabajo. Terminó su clase alrededor de las 21.15 y se dirigió al restaurante.
En el frente de la vivienda familiar estaba “Nueva Italia”. Allí, aquella noche, Rubén Cicconi y su esposa Adela Constantini compartían la cena con amigos. Entre ellos estaba Pablo y su hermana. También amigas de la chica. Festejaban un cumpleaños. Silvia llegó cerca de las 22. Se sentó a la mesa unos minutos, pidió dos empanadas y se disculpó por no poder quedarse compartiendo la cena.
-Perdón, pero tengo que madrugar para ir al colegio- dijo excusándose. Cursaba el quinto año, comercial, en la escuela Santa Cecilia. Saludó a todos y atravesó el salón para dirigirse a su casa por la entrada que, patio de por medio, comunicaba el comercio con la vivienda. Su padre contará después, que Silvia quería ver a “Minguito”, que compartía la mesa de “Polémica en el bar” con Jorge Porcel y otros cómicos del momento. El programa se emitía los miércoles por Canal 8, de Mar del Plata.
También, a la hora en que Silvia decidió irse, por Canal 10, dentro del horario de protección al menor, se emitía un nuevo capítulo de la serie estadounidense “Sheriff Lobo”. En el restaurante, los Cicconi seguían festejando. Por esos días, el presidente de facto Roberto Eduardo Viola diagramaba la continuidad de la dictadura, con la intención de que las urnas siguieran guardadas. Afuera, la noche mostraba un cielo diáfano, que anunciaba un clima agradable para el otro día.
LA PESADILLA
Los gritos de Adela Constantini de Cicconi anunciaban la tragedia. Su marido corrió para ver qué sucedía. Guiado por el sollozo intenso, atravesó la casa y llegó al cuarto de Silvia. Allí, sus ojos no podían creer lo que estaban observando: Silvia Angélica Cicconi, de 17 años, su hija, yacía ensangrentada sobre la cama de una plaza. Adela, desesperada, extraía una cuchilla aún clavada en el pecho de la joven y trataba de reanimarla. Fue inútil, además de las 32 puñaladas recibidas –tres de ellas, estocadas certeras en el corazón- la habían degollado. La cabeza estaba casi separada de su cuerpo. Faltaban pocos minutos para las 3 de la mañana del 27 de agosto de 1981.
Los festejos en el “Nueva Italia” se habían extendido bastante. Cerca de la media noche, Rubén Cicconi fue a la cocina del restaurante y juntó comida para los empleados del “Medieval”. Todas las noches llevaba las viandas para que cenara el personal. Adela y los demás decidieron quedarse festejando con la promesa de ir más tarde. Una hora después, Adela cerró las puertas y se dirigió a su casa a buscar un abrigo. El tapado estaba en el placard de la habitación de Silvia. Allí fue y encontró a su hija durmiendo profundamente. La mujer tomó el abrigo y después de chequear que todo estuviera cerrado se fue con los invitados a seguir con el brindis. Según Rubén Cicconi, Adela llegó al bar a la 1.30.
Rubén destapó un champagne cuando llegaron los invitados. Había que brindar. La inauguración reciente del bar en sociedad con su futuro yerno y el cumpleaños de una de las invitadas lo ameritaba. Pero, Adela estaba muy cansada y quería volver. A eso de las 2.30, la mujer se le acercó y le dijo:
-Negro, ¿por qué no me llevás a casa?
Rubén le pidió a Mazzei y a su hermana que lo acompañaran a llevar a Adela. La intención de Cicconi era dejar a su mujer y volver al “Medieval” para seguir la noche.
Mientras Adela bajaba del auto y abría la puerta de la casa, Rubén, Pablo Mazzei y su hermana aguardan que la mujer cerrara todo para irse. Pero los alaridos desesperados eran la prueba de que los festejos terminaban, para dar paso a la tragedia.
EL PEOR DE LOS FINALES
Lo que sucedió entre la 1.30 y las 2.50 de aquella madrugada trágica aún hoy está velado por el manto de la duda. Lo que sí se puede afirmar es que el o los asesinos de Silvia ingresaron a la casa sin violentar las aberturas.
Los resultados de la autopsia fueron contundentes: 32 puñaladas realizadas por un cuchillo de grandes dimensiones, efectuadas de arriba hacia abajo, por una mano diestra. Fuerza brutal del asesino quedó demostrada en las perforaciones simétricas a las heridas que quedaron marcadas en frazadas, sábanas y colchón de la cama de Silvia. También la autopsia confirmó lo más aberrante: Silvia había sido violada, mientras permanecía amordazada con un trapo que no pertenecía a la casa, y con sus manos amarradas en la espalda con un par de medias can-can.
El cuerpo de la chica fue entrado atravesado casi de forma perpendicular al colchón y sus pies rozaban el suelo. Cuando Adela la encontró, Silvia estaba en ropa interior y aún tenía el puñal clavado en su pecho.
Bajo las uñas de la víctima se hallaron restos de piel de su agresor y marcas en sus brazos; todas señales de que la Silvia intentó defenderse antes de ser sometida. Un moretón en el rostro permitió inferir que el agresor necesitó noquearla para someterla.
Rubén Cicconi reconoció de inmediato el arma homicida: era un cuchillo, de 22 centímetros de hoja, que se utilizaba frecuentemente en la cocina de su restaurante. Indudablemente el asesino recorrió las instalaciones y eligió del cajón de cubiertos de “Nueva Italia” el arma propicia para ultimar a Silvia.
Lo llamativo: 800.000 pesos en efectivo y un Rolex de oro quedaron en la casa. El asesino rompió el vidrio de la pequeña ventana de la cocinita ubicada en el fondo de la vivienda, a poco del cuarto de Silvia. Por allí salió y se dio a la fuga por los techos.
HIPÓTESIS DEL MÓVIL
El desconcierto de los investigadores era notable. Día tras día, se sucedían las hipótesis para tratar de explicar un crimen, que según las voces de los peritos “no tenía precedentes”.
El fuerte hermetismo entorno a la investigación implantado por el juez Bernardo René Fissore posibilitó que el periodismo se agarrara de los mínimos datos que filtraba la policía. La comisaría cuarta y la Brigada de Investigaciones apostaban a que pronto se resolvería el caso.
Así surgieron las hipótesis que señalaron al propio Rubén Cicconi como el responsable de la desgracia de su hija. De él se dijo que era prestamista, que regenteaba mujeres para prostituirlas y, también, que tenía vínculos con el mundo de la droga. Cicconi afrontó a la opinión pública y siempre dio su versión de los hechos. Para él, la muerte de Silvia fue un robo: “La torturaron para que dijera dónde estaba el dinero”, expresó Rubén en una entrevista con El Atlántico.
Pablo Mazzei, también dio su versión del móvil: “Presumo que (el asesino) es un joven que la solía cortejar y que en algún momento llegó a amenazarla para que saliera con él”, disparó ante los medios.
También se habló de la participación de un menor de edad. Esta hipótesis cobraba fuerza teniendo en cuenta el tamaño de la ventana utilizada para darse a la fuga. Incluso, se dijo que un taxista había identificado a los asesinos la misma noche del crimen, versión desmentida en poco tiempo. La posibilidad de que una mujer fuera parte del crimen, fue otro de los supuestos.
Pero las hipótesis se desvanecían en el aire ante la falta de resultados concretos en la investigación. El tiempo transcurría y Mar del Plata se sumía en una especie de psicosis amparada en la idea de que un “sádico asesino” andaba suelto por la ciudad. También se llamó al asesino prófugo como “hiena humana”, “hombre lobo”, “bestia” y “psicópata”. Adjetivos que¬ alimentaban el miedo colectivo.
El momento bisagra en este caso llegó 9 de septiembre de 1981. Gran parte de la sociedad argentina estaba expectante ante la inminente muerte del líder histórico del radicalismo Ricardo Balbín, cuando el capital Oscar Enrique Guerrero, máximo jefe de la Policía Bonaerense, dio su opinión sobre el tema:
-Para la policía aclarar el hecho es una cuestión de honor.
Las palabras no cayeron en saco roto. La investigación se intensificó y las razzias fueron numerosas en Mar del Plata, sobre todo entre vagabundos y cuida coches. Resultados: detenciones por doquier, pero ninguna vinculación directa con el caso.
Ante la falta de respuestas concretas, el crimen comenzó a mermar su presencia mediática. El 20 de septiembre del ´81, la noticia comenzó a desvanecerse ante la aparición de un nuevo caso: el hallazgo de un cadáver en una casa del barrio Punta Mogotes ganó la primera plana. “El chalecito está embrujado. Temor vecinal”, rezaba, por entonces, la tapa de El Atlántico.
Pero, el sino cambiaria a partir del 19 de febrero de 1982. Un vagabundo había sido detenido y exhibido públicamente como el asesino de Silvia. Así, el 20 de ese mes, el caso Cicconi volvía a las primeras planas de los diarios. Por entonces, Leopoldo Fortunato Galtieri era el nuevo mandatario de la Junta de Comandantes.
¿CHIVO EXPIATORIO?
Su parecido físico con Carlos Pachamé, jugador del histórico Estudiantes de Zubeldía, lo rebautizó para siempre como “El Pacha”. Así, también pasó a la historia criminal argentina luego de ser sindicado como el autor del crimen de Silvia Cicconi.
Fernando Saturnino Pérez era un changarín que en el ´81 solía parar en la estación ferroviaria, justo frente a la casa de los Cicconi. Allí, aguardaba la oportunidad de arriar alguna valija y, así, hacerse de propinas, que pronto las cambiaba por vino. Su afección al alcohol era conocida entre todos los que, como él, caminaban a la calle sin rumbo fijo.
Aquel febrero del ´82, El Pacha deambulaba por la zona de 9 de Julio y Chaco cuando personal de la comisaría cuarta lo detuvo. El oficial Valente y otro uniformado empujaron a Pérez a un Ford Falcon celeste. El auto arrancó y luego de 10 minutos de recorrer la ciudad, llegaron a la zona de 3 de Febrero y Champagnat.
– Encapuchalo -ordenó Valente mientras descendía del auto. El mundo se oscureció para El Pacha. Desconcertado calculó que el auto se desplazó unos 30 minutos más. Después escuchó la apertura de una especie de tranquera. Allí lo bajaron.
Lo siguiente: desnudo sobre el asiento de un automóvil dentro de una especie de galpón, y el tormento. Con un cable atado a su muñeca, sus captores comenzaron a pasarle corriente eléctrica por el cuerpo, sobre todo en los genitales.
– Me pusieron en la parrilla y me dieron máquina no sé cuantas horas -dirá Pérez años después, otra vez en libertad- Yo era un ciruja. No era nadie. En esas condiciones uno confiesa hasta el asesinato de Aramburu.
Cerca de las 3 de la mañana del 20 de febrero, El Pacha fue trasladado a la comisaría cuarta. La misma que hoy está marcada como centro clandestino de detención durante la dictadura. Esa que, por entonces alojaba detenidos desaparecidos por razones políticas.
Pérez ya sabía todo lo que tenía que decir. Él era el culpable de haber asesinado brutalmente a Silvia Cicconi, también de violarla.
– Acordate lo que tenés que decir cuando venga el juez– le dijo el comisario Franco.
Así, Fernando Saturnino “El Pacha” Pérez confesaba ser el asesino. De nada servirán sus reiteradas desmentidas y versiones. La Justicia nunca le creyó.
El 20 de febrero, El Pacha, ante la mirada de la policía y funcionarios judiciales, reconstruyó lo que supuestamente había hecho aquella noche fatídica. “Se lo vio escalar como un gato”, decían las crónicas de época sobre la supuesta destreza del imputado para subirse a los techos de la casa. También, en esa reconstrucción, el juez Fissore entendió que El Pacha había estado en ese lugar en otra oportunidad. Sus movimientos seguros y veloces para desplazarse por la vivienda lo inculpaban.
Pero esa reconstrucción para Pérez, sería lapidaria. Dicen que cuando ingresó al lugar donde supuestamente había asesinado a la joven, dijo: “Los muebles no estaban en esta posición”. Efectivamente, la familia Cicconi había movido los muebles como para fingir una normalidad aparente ante la ausencia de su hija.
El Pacha, también, nombró a sus supuestos cómplices. Rivero y Domínguez, dos vagabundos que solían acompañar a Pérez en su vida callejera. Incluso, en la reconstrucción habría dicho que él no mató a Silvia, que sólo había entrado para tomar vino. Sin embargo, a pesar de que uno de ellos paso unas horas preso, en nuevas declaraciones, El Pacha se desdecía y volvía a proponerse como único asesino.
En marzo de 1982 el juez Pedro Federico Hooft se haría cargo transitoriamente de la causa por una licencia del doctor Fissore. La defensa pidió nuevas pericias, e incluso Pérez volvió a decir que se había declarado culpable por temor a represalias policiales. Pero nada cambiaría su destino.
Amparados en contradicciones del vagabundo y algunas actitudes vistas en la reconstrucción del hecho, fue hallado culpable y condenado a prisión perpetua con reclusión por tiempo indeterminado. El juicio en el que había declarado hasta una vidente, había terminado. Era el 24 de mayo de 1984.
El abogado defensor, Antonio Raúl Cuence apelaría la sentencia a la Cámara, pero la condena quedaría firme. El representante legal de la familia Cicconi tampoco creyó que El Pacha fuera el culpable. Las dudas llegaban hasta los propios familiares de la víctima.
Después de 15 años en la cárcel de Batán, Pérez recuperó su libertad. La gestiones de un sacerdote para que el vagabundo volviera saliera de prisión fueron escuchadas y se le conmutó la pena. Así fue beneficiado con la libertad condicional. Su excelente conducta dentro del Penal fue un elemento determinante para tomar la decisión. En su periodo preso, El Pacha aprendió a leer y a escribir, además de abandonar, transitoriamente, el alcohol. Eran tiempos en los que Guillermo Coppola había dejado las páginas deportivas y sociales, para ocupar primeras planas policiales. Por entonces, la madre de Silvia confesó: “Estamos muy contentos de que El Pacha haya salido en libertad, porque es inocente”, dirá la mujer a los cronistas de la época.
Palabras semejantes se escucharán de la boca de Adela Constantini cuado se enteró de la muerte de quién purgó condena por matar a su hija. “Todo lo que sufrió, jamás lo mereció”, dirá en los albores del milenio, para después sentenciar que ella sabe quién mató a su hija.
Una vida truncada
Hay algo en el rostro de esa chica de 17 años que la hace mayor. Quizás sea su peinado, semejante al que utilizaba su madre. O su mirada enmarcada por las cejas mínimamente depiladas. Lo cierto es, que el rostro anguloso de Silvia Angélica Cocconi corona la tapa del diario El Atlántico del 28 de agosto de 1981. En ella luce una sonrisa tímida de niña, que disimula su felicidad por los proyectos venideros.
“Ella se quería casar”, dirá unos días después del asesinato, su novio Pablo Mazzei, varios años mayor que ella.
Silvia tenía puesta la cabeza en el futuro. Trabajaba y estudiaba.
El viaje de egresados es, quizás, uno de los momentos cumbres entre los adolescentes que logran concluir el secundario. Sin embargo, para Silvia no fue así: ella prefirió quedarse en la ciudad junto a su novio, mientras sus compañeras viajaban a Brasil.
Sus conocidos dirán de ella que era muy cercana a sus familiares y que una de sus alegrías fue conocer a su abuelo, que tres meses antes de su muerte llegó de Italia para ver por primera vez a su nieta.
La tragedia invadiría la vida familiar con la pérdida traumática de Silvia. El día de su sepelio, una multitud se hizo presente en la cochería Sampietro. Allí, en la sala C, se rezó el rosario para despedirla.
El rostro aporcelanado se asomaba entre la tela blanca que cubría su cuerpo lacerado.
“Quiero morirme para irme con ella”, abrazada al cajón que amortajaba a su hija, Adela Constantitni de Cicconi daba cuenta del dolor que aquejaría a la familia para siempre.
FUENTE: Diario El Atlantico de Mar del Plata