El asesinato de “El Griego”
Dos
empleados de Santiago Jacobo Pilaftsidis fueron sus matadores. El Atlántico reconstruye el homicidio
del empresario que supo ver en el sur marplatense el progreso y la posibilidad.
Traición y brutalidad en un caso que conmocionó a la ciudad
La noche siempre es más estrellada en las afueras de la ciudad.
Quizás, eso pensaba luego de cada ocaso Santiago Jacobo Pilaftsidis, mientras
se disponía a cerrar la proveeduría del autocamping “El Griego”. Quizás eso,
también, pensaron los González la noche del 30 de octubre de 1981, mientras
caminaban en busca de su jefe. Nadie puede asegurarlo. Los cierto, es que
aquella fue la última vez que Pilaftsidis pudo ver el cielo.
Los González no eran hermanos, pero tenían el mismo apellido.
También, los dos, habían nacido en los albores de la década del ’50. Uno, José
Antonio, oriundo de Córdoba. El otro, Santos, de Entre Ríos. “El Cordobés” era
de carácter irascible y siempre resolvía sus pleitos con una gresca. “El Opa”,
apodo que se ganó por su labio leporino, era más bien callado, manso y un poco
retraído. Juntos decidieron robar la administración del autocamping en el que
trabajaban. Algunos dicen que fue “El Cordobés” el que instigó el atraco y que
“El Opa” se dejó llevar. Sin embargo, fue Santos el que mató a Pilaftsidis. En
una sala de la comisaría quinta de Mar del Plata, Santos “El Opa” González, de
31 años, lo dijo entre sollozos:
-Yo no lo
quise matar… fue un accidente.
UN
PIONERO
Santiago Jacobo Pilaftsidis llevaba en su sangre griega el
espíritu de Homero. Nacido en Pireo, ciudad del sudeste de Grecia, puerto de la
antigua Atenas, tuvo que emigrar hacia el nuevo mundo y con 15 años recaló en
Buenos Aires. En 1954 fundó junto a uno socios su primer almacén. Pero el joven
inmigrante fue víctima de una estafa que lo dejó en la calle. Esa no iba a ser
la única vez que quienes gozaban de su confianza buscaran aventajarlo.
Sin nada, decidió volver a viajar. Esta vez, fue la Costa
Atlántica del país que le dio acogida el destino. Otra vez, Pilaftsidis estaba
de cara al mar, lejos de Egeo, pero con el objetivo de echar raíces en Mar del
Plata.
Corría 1957 y, según se recuerda, el joven Pilaftsidis vendía
fruta en un carro en Independencia y Juan B. Justo. Así arrancó la economía de
un hombre que lograría convertirse en uno de los empresarios locales más
reconocidos. Su visión de futuro fue la clave: cuando la ciudad parecía
expandirse para el norte, Pilaftsidis decidió apostar al sur. Así abrió un
supermercado en la zona de El Faro y, ya en 1967, invirtió en unas 18 hectáreas
de tierra ubicadas a la vera del camino de cintura que une el corazón del
puerto local con la ruta asfaltada que desemboca en Miramar. Allí se alzaría el
autocamping “El Griego”, allí Pilaftsidis fue brutalmente asesinado a los 67
años.
LA
TRAICIÓN
-Don
Santiago, ¿está ahí?- “El Opa”
golpeó la puesta de la proveeduría en busca de su jefe. Era de noche, ya no
quedaba casi nadie en el autocamping. Pilaftsidis hacía unas semanas que dormía
allí porque estaban en obra. Una serie de asadores nuevos mantenían en vilo al
dueño del predio.
Pilaftsidis estaba por ir a acostarse cuando escuchó el llamado.
Miró y al ver la figura inconfundible de Santos decidió abrir.
-¿Qué te
pasó a esta hora?- le habrá
dicho mientras lo dejaba pasar. La excusa era obvia, “El Opa” se había quedado
sin provisiones y decidió pedirle una mano a su jefe.
Caminaron juntos entre las góndolas de mercadería hasta que
Pilaftsidis escuchó un ruido extraño que venía de la Administración.
-¿Qué fue
eso?- quizás
preguntó mirándolo a Santos, intuyendo la respuesta. Lo cierto era que “El
Cordobés” cumplía la otra parte del plan. Mientras “El Opa” distraía a don
Santiago, su secuaz intentaba entrar en la Administración del complejo para
apoderarse del dinero que allí había.
Pero las cosas no iban a salir según lo planeado. Pilaftsidis
detectó los movimientos extraños en la Administración y amagó a ir hacia allí.
Pero todo quedó en el intentó. El ruido seco del golpe en su cabeza fue lo
último que escuchó antes de desvanecerse en medio de la proveeduría. A sus
pies, “El Opa” lo observaba atónito, sin creer lo que había hecho, estaba
asustado y en su mano sostenía por el pico la botella de gin con la que había
golpeado a quien siempre le había dado una oportunidad.
Todo había salido mal. Lo que debería haber sido un simple robo
tomó un rumbo inesperado. No había vuelta atrás. Pilaftsidis lo había
reconocido. Había que deshacerse de él.
Qué se dijeron en ese momento los González nadie lo sabe. Lo que
sí pudo probarse es que tomaron un adoquín de la vereda y volvieron junto al
cuerpo desmayado del patrón para terminar con su vida.
GOLPE
MORTAL
El cuerpo de Pilaftsidis fue hallado por un empleado alrededor de
las 7.30 del sábado 31 de octubre. Tendido en medio de un charco de sangre la
vida del comerciante de 67 años se había desvanecido.
A pocos metros de él, un adoquín de forma triangular, de
aproximadamente dos kilos, desentonaba entre la mercadería de la proveeduría.
El tejido hemático y el cabello pegado a la roca no dejaban dudas: era el arma
mortal.
Personal de la seccional quinta de la Policía Bonaerense fue quien
debió intervenir en el hecho por razones jurisdiccionales. Al ver la escena
formularon la primera hipótesis: “homicidio en ocasión de robo”. También, en el
momento, hallaron el arma homicida. La pesquisa se encaminaba a buen puerto,
solo faltaba la mano criminal.
El diario El Atlántico, el 1 de noviembre
de 1981, tituló a seis columnas “Comerciante se resistió a un asalto y fue
asesinado”. Un día después, otra vez en tapa el título informaba que habían
apresado a un hombre. “Detienen al brutal matador del Griego”, pero muchos
sospechaban que aún el caso no estaba cerrado y, la sombra del caso Cicconi
hacía temer que se convirtiera en otro de los homicidios del momento que
quedaban sin resolver.
La temporada de verano 81-82 comenzaba a palpitarse en Mar del
Plata. La dictadura militar aún permanecía en el poder: faltaban meses para la
locura mesiánica de Malvinas. Fabricio era el intendente interventor de la ciudad
y Gabriel Curuchet obtenía el oro panamericano en los 3 mil metros de
persecución individual. El Prode, la esperanza de muchos ante a disparada de la
economía, daba esa semana una boleta imposible: cinco empates y ocho locales;
los únicos visitantes parecían ser los ovnis que según los titulares “invadían”
el mundo.
AUSENCIAS
Mientras Carlos Reuteman anunciaba su retiro del automovilismo y
Mirtha Legrand su llegada al teatro Colón de la ciudad con la obra “Rosas para
una estrella”, el personal policial trabajaba en la escena del crimen para dar
con el o los asesinos y la familia Pilaftsidis velaba los restos de Santiago en
la sala ubicada en Luro al 4300.
Allí una gran cantidad de personas acompañaron el dolor de la
numerosa familia griega compuesta por Erminda, esposa de Santigao; Carlos,
Mario, Marta y Graciela, los hijos de ambos, y sus once nietos.
Rodeados de familiares y amigos, a todos le llamó la atención la
ausencia de dos de los empleados más fieles que tenían en “El Griego”: Santos y
“El Cordobés”.
Si uno recorre la historia que unía a los empleados con su jefe,
definitivamente la ausencia era llamativa. Pilafsidis había contratado a los
dos jóvenes dos años antes. Pero el patrón no tenía con ellos la misma relación
que con otros empleados. Muy conforme con el trabajo que hicieron los González
en la puesta a punto del flamante autocamping, Pilaftsidis les ofreció quedarse
a cargo del mantenimiento del lugar. También les ofreció construirles una casa
en el predio para resolver sus problemas de alojamiento. Todo resuelto. La
relación, incluso, muchos la describirían como familiar. Los empleados de “El
Griego” declararon entonces a la prensa que muchas veces se lo veía a don
Santiago aconsejando a Santos, diciéndole que nunca equivocara el camino. En
relación a “El Cordobés”, todos recordaban que tiempo antes del crimen, había
decidido probar suerte y por eso dejó el autocamping para marchar con su esposa
e hijos por otros rumbos.
-Acá
siempre vas a tener a un amigo, volvé cuando quieras- le dijo
Pilafsidis al despedirlo. Y así lo hizo “El Cordobés”, tres meses antes del
asesinato volvió a pedir trabajo y su viejo jefe cumplió con su palabra:
-Mire don
Santiago, las cosas no me fueron bien y estoy a la deriva con mi familia, venía
a verlo por las dudas…
-José,
cuando te fuiste te dije que aquí siempre tendrías un amigo. Traé a la familia
y a trabajar. Ya perdiste demasiado tiempo.
Otra vez los González volvían a trabajar juntos en el autocamping.
Los gestos de generosidad de don Santiago hacia sus dos empleados
no guardaban reparos. El martes anterior al crimen, Santiago Pilaftisidis le
dijo a uno de sus hijos:
-¿Por qué
no hacen arreglar ese televisor que nadie usa. Se lo quiero regalar a Santos.
No sale nunca y se aburre de noche.
Por estas cosas llamaba la atención aquellas dos ausencias en el
sepelio. Pero esta pista, en principio endeble para los investigadores se
sumaba a una certeza: Carlos, uno de los hijos de la víctima, aseguraba que el
matador tenía que ser un conocido de su padre.
-El viejo
no le hubiera abierto la puerta a esa hora de la noche- dirá en
una entrevista en exclusiva conEl Atlántico publicada el 3 de noviembre.
También sospechaba que habían actuado al menos dos personas en el hecho. El
cerco comenzaba a cerrarse sobre los González.
Ese mismo día, el diario hablada de que se había visto en Madrid a
José López Rega. “El Brujo” pululaba por Europa prófugo de la Justicia desde
que decidió exiliarse en España después del “Rodrigazo”. El creador de la
Triple A gozaba de buena salud.
LA
DETENCIÓN
El jueves 5 de noviembre los titulares de los matutinos anunciaban
lo esperado: “Aclaran el asesinato del Griego: lo matan dos de sus empleados”.
Sin embargo, en aquella tapa de El Atlántico otro titular conmovía a la
sociedad a nivel nacional: “Mariquita Valenzuela fue internada: ¿Quiso
suicidarse por amor?”.
En las páginas policiales, el caso de “El Griego” ganaba dos
páginas.
Una hermosa foto familiar decora la nota en la que se daba por
esclarecido el crimen. Allí se los ve a Santiago Pilaftsidis con su mujer, sus
hijos y sus nietos. Allí se los ve a todos felices, sin sospechar lo que podría
ocurrirles.
Según se rescata de las crónicas de la época, el miércoles 4 de
noviembre de 1981 una comisión policial de la comisaría quinta llegó al autocamping
“El Griego” en busca de los dos sospechosos. Eran cerca de las 7 de la mañana
cuando José Antonio “El Cordobés” González y Santos “El Opa” González, ambos de
31 años, eran detenidos acusados de ser los asesinos de Santiago Jacobo
Pilaftsidis.
Los dos detenidos fueron trasladados a la dependencia policial.
Allí confesaron todo. “El Opa” fue quien se quebró primero y expresó que la
muerte de Pilaftsidis había sido accidental.
Los dos quedaron apresaos bajo los cargos de “homicidio simple” ya
que la Justicia entendió que no hubo premeditación en el asesinato.
Unas semanas antes del hecho fatal, los Santiago habían comenzado
a trabajar duro en la ampliación del local del supermercado “El Griego” ubicado
en la zona de El Faro. Aquel viernes, dejaron las herramientas antes de tiempo
y se fueron al camping. Al llegar se cruzaron con Pilaftsidis que se extrañó
por verlos tan temprano.
-Estamos
agotados, don Santiago- se excusaron y continuaron hacia sus casas.
Horas después, al caer el sol, terminaron con la vida del hombre que los había
ayudado a sobrevivir.