viernes, septiembre 06, 2013

La mataron porque sabía algo de gente pesada

A 32 años del crimen de su hija, la madre de Silvia Cicconi, asesinada en agosto del 81, recordó ante El Atlántico lo ocurrido en uno de los crímenes más controvertidos en la historia de Mar del Plata, insistió en la inocencia del “Pacha” Pérez y sostuvo que ella sabe quién es el asesino
Adela Constantitini de Cicconi le costó mucho creer que Mangeri fuera culpable. Su experiencia la hizo dudar. Desde que se enteró del crimen de Ángeles Rawson perdió el sueño. Y más durante la última semana: el 27 de agosto se cumplió un nuevo aniversario del crimen de su hija Silvia Cicconi. 32 años después, aún lleva en sus ojos el dolor de la muerte.
El crimen de Silvia Cicconi, ocurrido la madrugada del 27 de agosto 1981, es, quizás, uno de los hechos de la historia criminal de Mar del Plata más controvertidos. No sólo por la brutalidad: Silvia fue hallada en su cama con 32 puñaladas. La condena a prisión perpetua a Fernando Saturnino “El Pacha” Pérez, un linyera que por entonces tenía 48 años, lejos de cerrar el caso abrió interrogantes. La familia Cicconi nunca creyó la versión de la justicia. Siempre supieron que condenaban a un inocente.
Nunca creímos que fuera el Pacha –dice Adela con la serenidad que relata lo que le tocó vivir. Ya no tiene esperanza de justicia, pero si certeza de que todo el que “actuó mal” en la causa de Silvia morirá sabiendo lo que hizo. 32 años después, Adela se aferra al amor de su hija Daniela y dice: “Gracias a ella sigo viviendo”.
–¿Qué pasó aquella noche?
–Esa noche hubo cosas raras. Mi suegra siempre se quedaba en mi casa cuando yo salía, no la dejábamos nunca a Silvia sola. Esa noche yo no pensaba salir, pero como estábamos festejando un cumpleaños me insistieron. Ana María, la hermana de Pablo Mazzei (NdR: por entonces novio de Silvia), como sus padres habían viajado a Buenos Aires, se quedaba a dormir en casa. Ella me dijo “si vos no venís al café, yo no voy”. Hacía diez días que habíamos abierto el café. Entonces le dije que vayamos un ratito. Eso hicimos. Ni siquiera le avisé a Silvia que me iba. Ella estaba dormida, entré a la habitación la vi dormida, la tapé, apagué todas las luces. Cerré todo. Y ahí, yo creo, que encerré a alguien adentro.
–¿Al asesino?
–Por lo menos a uno. La ventana del lavadero, por donde después dijeron que entró el Pacha, se abría para afuera. La encontramos rota de adentro para afuera. No la podían haber abierto desde afuera para entrar. La falleba había quedado dura, porque la habíamos pintado. Se ve que no la pudieron abrir. Y por eso la rompieron. Yo siempre pensé que dejé a alguien encerrado cuando me fui para el café. Por lo menos una persona, porque, otra cosa que pienso es que ahí no actuó uno solo.
–Entonces, salen para el café y ¿qué pasa cuando vuelven?
–Nos quedamos un ratito. Rubén (NdR: padre de Silvia) nos lleva a casa a mí y a Ana María. Nos deja en la puerta. Cuando entro al pasillo, veo la cortina de la ventana del lavadero que flameaba para el lado de afuera. Ahí me asusté, pensé que habían entrado ladrones. Cuando entro a la habitación empecé a los gritos. Rubén se había ido, pero llegó a la esquina y volvió, marcha atrás en el auto, para ver si habíamos entrado bien. Entonces escuchó mis gritos. Cuando entró se encontró con lo que había pasado y le dije que llamara a mi hermano, que es médico. Lo llamamos a él y a la policía. No hicimos más que llamar que enseguida la policía llegó a casa. ¿Cómo fue posible que en dos segundos la policía estuviera en casa? Esa es otra de las preguntas que me hago.
–¿Faltaba algo?
–Estaban revueltos solo los libros de Silvia. Estaban todos tirados en el piso. Y las carteritas de ella dadas vueltas. También las cajitas de música. Estaba todo eso dado vuelta. Como si buscaran algo. Pero no faltó nada.
–¿Qué podían buscar?
–Después de mucho tiempo, un día hablando con mi suegra, ella recordó que alguien la llamaba a Silvia y le pedía algo, como que tenía que devolverle algo. Yo no puedo decir el nombre de la persona. Él entraba y salía de la comisaría. Incluso lo habían detenido con drogas.
–¿Cree que a Silvia la mataron por algún tema vinculado a la droga?
–Para mí sí. Silvia algo le encontró a ese chico. Anotaciones de personas bravas. Entonces, tenían que desaparecerla porque comprometía a todos. En casa no faltó nada. Había plata, alhajas, de todo. Pero no faltó nada. Los libros de ella estaban revueltos. Otra cosa, el Pacha qué necesitaba buscar en los libros de Silvia. Una persona que no sabía leer, qué buscaba. Esto se lo dije mil veces al juez y a la fiscal. Qué podía buscar entre los libros de Silvia, porque todo lo que estaba revuelto eran los libros y las carteras de ella. Buscaban algo. Silvia tenía algo anotado. Ella tenía algo que comprometía a alguien.
–¿Qué relación tenía Silvia con esta persona?
–Habían sido novios. Ella lo había dejado, supuestamente, por eso. A mí no me gustaba que ella saliera con ese chico, pero ella le tenía lástima. En un momento ella se ve que le encontró algo, y dijo “lo dejo, termino con él” y ahí empezamos con todos los problemas.
–¿Antes del crimen tuvieron alguna otra situación violenta con él?
–El día del cumpleaños de Silvia –ella cumplía el 1 de abril– vino a casa y le trajo una orquídea y un reloj Cartier. Silvia le dijo que no lo quería, que no le hacía falta. Él se fue muy enojado de casa. Al salir se lo cruzó a Pablo Mazzei –que ya estaba saliendo con Silvia– entonces, cuando este chico lo vio me dijo a mi: “ya me las vas a pagar”. Un tiempo después, tuvo una pelea en la puerta con Pablo Mazzei. Después, en junio, mi cuñada estaba en la puerta del Santa Cecilia esperando a sus hijas y la ve a Silvia salir y que estaba este chico esperándola. La agarró de un brazo y como que le quería pegar. Ahí él le dijo que quería que le devolviera el reloj. Silvia le dijo que se lo iba a llevar a la tarde. Silvia no contó nada, pero mi cuñada me avisó lo que había pasado. Yo le conté a Rubén, y le dije que hablara con Silvia. Ella primero le dijo que no pasaba nada, pero después le dijo que tenía que llevarle el reloj a este chico. Rubén la llevó. Silvia le tocó el timbre, él abrió, la agarró de un brazo y la metió para adentro. Entonces Rubén apareció y le dijo “esperá un poquito, que acá estoy yo”. Él no había visto que Rubén la había llevado. Cuando lo vio se puso loco. Rubén le dio el reloj y le dijo que no se acercara más a Silvia. Todas estas cosas pasaron unos meses antes de que mataran a Silvia. Después nunca más lo volvimos a ver.
–¿Ustedes denunciaron a esta persona?
–Un montón de veces. Además toda Mar del Plata lo apuntaba a él.
–Y qué pasó con la investigación.
– Desde la habitación de Silvia hasta 1 de Mayo había un camino de gotas de sangre, como que se hubieran cortado. Había un toldo en una tiendita, al lado de mi casa, con una marca de sangre como si hubieran pasado la mano. Le llevamos el toldo al juez. Nunca se investigó. Nunca. A mí me decían que yo no podía concebir que a mi hija la había matado un linyera. Al principio me investigaban a mí. Decían que yo había matado a mi hija. Porque como le había sacado el cuchillo y las huellas mías estaban en el cuchillo. La policía me interrogaba todo el tiempo. Me llevaban a videntes. Eso era todo para distraerme.


Fuente, Diario el Atlántico de Mar del Plata.